FILEY 2013 – Una relectura de la literatura tijuanense desde el rock

Esta semana se celebró en Mérida la Feria Internacional de Lectura en Yucatán (FILEY) y, como parte del programa organizado por los UC-Mexicanistas, presenté la siguiente ponencia.

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Hace unos años recorría mustios anaqueles en las librerías de viejo ubicadas en Donceles, cerca del centro histórico en el Distrito Federal. Buscaba ejemplares de aquellos textos clásicos de la contracultura sesentera y setentera: De perfil y La nueva música clásica de José Agustín, Pasto verde y En la ruta de la Onda de Parménides García Saldaña, Las jiras y Huaraches de ante azul de Federico Arana. Encontré algunos, otros siguen evadiéndome y otros, para mí desconocidos en ese entonces, me encontraron gracias a las amistades: Polvos de la urbe de Víctor Roura, Bocafloja de Jordi Soler y la antología Crines del rock organizado por Carlos Chimal, además de varios libros de crónica y textos de corte histórico. Todo esto forma parte de un proyecto de libro que actualmente estoy elaborando sobre el rock en la literatura mexicana que abarcará la crítica de rock de Agustín, los cuentos de García Saldaña, la enciclopedia de Arana, la novela de Roura, las crónicas periodísticas e imaginadas de Juan Villoro y el performance paródicamente religioso de Luis Humberto Crosthwaite. Sigue el hilo de la historia nacional desde los inicios de la contracultura mexicana hasta las transformaciones políticas y sociales que aparecieron junto con el advenimiento del neoliberalismo y la transición hacia la democracia, desde Agustín y compañía hasta los jóvenes que han publicado obras roqueras en Tierra Adentro durante los últimos cinco años. Así el libro se propone leer (y releer) los nexos entre historia, literatura y música. Pero al ir armando el andamiaje de este libro, me surgió una duda. Con excepción de los cuentos y novelas del tijuanense Crosthwaite, casi todos los libros que había coleccionado provenían de autores nacidos y radicados en la ciudad capital. Es decir, además de faltar escritoras que se ocupan del rock (lo que a mi parecer constituye un verdadero lastre que felizmente corregiré si alguien me hará el favor de orientarme hacia alguna), el proyecto tal y como lo concebí desde un principio parecía reproducir la lógica centralista que privilegia la producción capitalina sobre la de las áreas limítrofes. 

Con el deseo de enmendar este paradigma erróneo, el presente trabajo pretende ofrecer una lectura algo panorámica e histórica de la producción literaria de Tijuana, importantísima ciudad fronteriza entre Estados Unidos y México, que problematiza cuestiones de identidad y cultura al reconocer en ella la presencia de la música en general y del rock en particular. Es decir, se trata de una lectura de la literatura tijuanense no desde las coordenadas típicas con las que asociamos ella—la criminalidad impune, las migraciones masivas de campesinos, la coexistencia o hibridación de culturas diversas, la creación de nuevas identidades autónomas o el interés en la reciente narcoviolencia—sino desde las textualidades musicales de los textos que por el momento quiero designar como audiotrópicos. Este neologismo alude al pensamiento del académico Josh Kun quien ha sugerido una lectura audiotópica de la música que permite la exploración de nuevas posibilidades de identidad. Según él, la audiotopía consiste en “espacios sónicos de anhelos utópicos en donde diversos sitios normalmente incompatibles se reúnen no sólo en el espacio de una pieza musical en particular, así como en la producción de un espacio social y la cartografía de espacios geográficos que posibilita la música” al cuestionar “las equivalencias entre música, nación y cultura” (259-60).[1] Para los fines de esta ponencia, me permito modificar su término al nivel fonético con el fin considerar las posibilidades imaginativas que ocasionan los referentes musicales de ubicar la literatura del rock dentro de la literatura tijuanense. Si bien Kun sugiere que la audiotopía consiste en un texto musical que, al igual que la heterotopía descrita por Michel Foucault, permite la convivencia de múltiples y dispares señas de identidad y espacios geográficos, lo que aquí propongo es un acercamiento a textos audiotrópicos, es decir, textos literarios que incorporan la música (audio) como parte integral del texto mismo que organiza el texto (trópico) permitiendo así la creación de nuevos horizontes imaginarios a través de referencias explícitas a la música popular.

El problema que surge con el paradigma que originalmente tomaba esta investigación no ha sido propiedad privada. También aparece en Refried Elvis, un libro de imprescindible de lectura del historiador Eric Zolov para quienes quieran un rigoroso acercamiento a la incipiente contracultura mexicana de los 1950s y 1960s, y de manera menos explícita en Estremécete y rueda, anecdotario personal de Federico Rubli. Si bien Zolov menciona la ciudad fronteriza es sólo para señalar cómo conjuntos como Javier Bátiz y sus Fabulous Finks o los Dug Dugs funcionaron como intérpretes o vasos comunicantes de la música angloamericana a la par con las empresas disqueras transnacionales, todas ellas localizadas en el Distrito Federal. Así el historiador inconscientemente reproduce en su historia según los típicos modelos centralistas: la capital como eje, la frontera como entidad alejada. No obstante, como lo han afirmado casi todos los críticos nacionales desde José Agustín hasta Gabriel Trujillo Muñoz, Ejival y Heriberto Yépez e inclusive los mismos músicos como Bátiz y Fito de la Parra, la frontera norte de México y más específicamente Tijuana era siempre el locus germinal de la innovación rocanrolera en este país. Emerge entonces una paradoja cuando reconocemos que, no obstante la gran proliferación de conjuntos de alta calidad en las zonas limítrofes de la nación, no hubo en aquellas décadas una producción literaria que pudiera equipararse con esta efervescencia sonora. Es decir, mientras los escritores contraculturales capitalinos como Agustín, García Saldaña, Arana y otros escribían sobre las nuevas culturas adolescentes y su afán por la música que se diseminaba por el país desde ese locus fronterizo, la literatura de rock no aparece en Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas o Nuevo León en parte porque en aquel entonces existe relativamente poca producción literaria en el norte. Como señalan Félix Berumen, desprovistos de acceso a las editoriales, redes de distribución y talleres literarios de la ciudad capital, los escritores provenientes de las zonas limítrofes del país durante las tres décadas anteriores se encontraban aislados de los círculos literarios nacionales y se limitaban a publicar obras de ficción sobre crímenes que se distribuían en los periódicos locales pero que evidenciaban disminuido mérito literario.[2]

Con pocas excepciones como Federico Campbell (Tijuana 1941), Jesús Gardea (Chihuahua 1939) y posteriormente Daniel Sada (Mexicali 1953), los escritores de la frontera no logran trascender el ámbito local sino hasta principios de los 1980s cuando una nueva generación de jóvenes escritores fronterizos nacidos en los años sesenta y setenta empieza a recibir atención nacional gracias a la distribución de sus propias revistas literarias, la formación de editoriales como Yoremito, la publicación de varias antologías regionales como Fuera del cardumen y la exaltación de talento local en congresos académicos. Estos factores, junto con el creciente interés de parte de académicos estadounidenses en California y Texas que forjaban el nuevo campo de los estudios de la frontera, contribuyen tanto a la diseminación nacional e internacional como a la formación de un nuevo público lector para Cristina Rivera Garza (Matamoros 1964), David Toscana (Monterrey 1961), Eduardo Antonio Parra (Guanajuato 1965) y Luis Humberto Crosthwaite (Tijuana 1962) entre otros.[3] Estos autores se inspiran en los cuentos y novelas de los escritores contraculturales de la llamada Onda así como en las letras de canciones de rock que sobrevuelan la frontera entre México y Estados Unidos.[4] Notablemente las primeras evaluaciones críticas que se proliferan en torno a obras como Nostalgia de la sombra de Parra, Las historias del Lontananza de Toscana y El gran preténder de Crosthwaite, y que de algún modo hasta el día de hoy siguen proliferándose, evidencian una preocupación por aquellos autores que construyen la frontera como un espacio de resistencia y agencia cultural híbrida ante paradigmas subalternizantes (siguiendo los enunciados teóricos de Néstor García Canclini) o, contrariamente, como laboratorio en donde se ponen en evidencia los excesos del neoliberalismo y así cuestiona de forma poscolonial la lógica imperante del capitalismo tardío (según Walter Mignolo).[5] Así se publican artículos académicos tanto en México como en Estados Unidos sobre los inmigrantes, las maquilas, los oficiales de migración estadounidense y la violencia de narcotraficantes, culminando de algún modo con el debate que se desató en las páginas de Letras Libres entre el crítico Rafael Lemus y el narrador Eduardo Antonio Parra sobre la naturaleza de la literatura del norte. Desde entonces sigue la conversación con la más reciente publicación de ensayos académicos Tierras de nadie, editados por Oswaldo Zavala y Vivane Mahieux, un texto que reúne un cadre de jóvenes críticos que cuestionan estos mismos criterios.

Pese al auge de esta forma de narrar o imaginar el norte y la frontera, no debemos menospreciar la importancia del rock en la formación sentimental de los autores tijuanenses porque como señala Gabriel Trujillo Muñoz éstos descubren su vocación literaria en las novelas de la Onda y las letras de canciones que sobrevolaban las líneas geopolíticas. Sólo un ejemplo: Crosthwaite recuerda, en su introducción a los Cuentos completos de José Agustín, haber leído Inventando que sueño a finales de los 1970s y sentido que era “un hallazgo,” que el “mítico hilo negro de repente se había dejado ver,” y que en sus páginas descubría “una voz distinta, salida de quién sabe dónde, un ritmo, una invención que se ligaba mucho a la rebeldía cotidiana entre travoltines y roqueros” (9-10). Así empieza a difundirse, a partir de mediados de los ochenta, una gran variedad literatura audiotrópica. El poeta Roberto Castillo Udiarte publica varios poemarios que reflexionan sobre la música, el amor y la contracultura además de Banquete de pordioseros, un libro de meditaciones roqueras con vocación valemadrista. Crosthwaite, desde Ediciones Yoremito, saca a lucir prístinas colecciones que incluyen cuentos roqueros como “Marcela y el Rey,” “Caen trozos de cabellos en las peluquerías del mundo,” “Where have you gone, Juan Escutia?”, “Dios quiere a Santana,” y “Amores perdidos” (un relato dialogado en el que dos amigos disputan el amor de una mujer para metamorfosearse en Eric Clapton y George Harrison discutiendo sobre el gandallismo del primero después de robarle la mujer del segundo). Luego publicará sus novelas El gran preténder (referencia a la canción exitosa de los Platters) e Idos de la mente (sobre la música norteña) con editoriales nacionales como Joaquín Mortiz y Tusquets. Fran Ilich por su parte publica Metro-pop­, tal vez la novela que mejor entabla diálogos temáticos y estructurales con La tumba y De perfil de José Agustín, ya que su personaje es un joven clasemediero que atestigua tanto la disolución de la unidad familiar como la evanescencia de sus posibles futuros y responde atravesando su ciudad en busca de nuevas experiencias y filtrando su experiencia por la música. Asimismo aparece Buten Smileys del narrador Rafa Saavedra, donde el rock funciona como un símbolo más de la leyenda negra que se promueve de Tijuana desde el otro lado de la frontera. Más allá de textos propiamente ficcionales sorprende la cantidad de textos de difusión sobre la música en Tijuana, en particular libros de crónica como La cruz de Tijuana, el rock se tocó los miércoles de Héctor Gómez Lozano, Locutopía: crónica, poesía y música del rock de Mariano Morales, El rock también es cultura Adrián de Garay, Rastros de carmín fluorescente sobre un fondo de tiznado gris del deejay Ejival, y Oye como va… recuento del rock en Tijuana de José Manuel Valenzuela y Gloria González, entre otros. Desde luego la experiencia del rock no es definitiva para toda la generación ni tampoco está presente en todas sus obras, pero tampoco se puede esperar que lo sea, porque como señala Eduardo Antonio Parra, estos autores no forman un grupo temáticamente unido sino más bien despliegan ante sus lectores una vasta gama de temas, escenarios, personajes, acciones y lenguajes que intentan representar de forma literaria la idiosincrasia norteña. Huelga decir entonces que lo que señalo en este ensayo como literatura audiotrópica constituye sólo una parte de esta promoción. Aun así a mi juicio representa una faceta importante y, frente a las problemáticas sociales que han entrado al centro del discurso académico sobre la frontera, olvidada o subestimada que habría que desovillar para comprender mejor el fenómeno fronterizo.

Para concluir nada más quisiera resaltar dos puntos que han surgido a lo largo de esta ponencia: 1) la necesidad de repensar los cánones literarios desde una perspectiva nos permite abarcar obras de distintas zonas, tendencias e influencias. La ciudad capital no puede ser sino otra coordenada en la cartografía literaria nacional y tampoco la frontera puede seguir considerándose un área limítrofe más sino que se debe apreciar por lo que contribuye tanto a la historia literaria como nacional. Y 2) la centralidad de la música—rock, electrónica, norteña, lo que sea—como tema dentro de la literatura tijuanense y su importancia como detonante para nuevos imaginarios fronterizos. En vez de concebir las áreas limítrofes de la nación como espacios de violencia impune poblado de desharrapados inmigrantes y desesperadas empleadas de maquila, lo cual de algún modo alimenta y promueve literariamente las múltiples leyendas negras que circulan en los medios masivos, la literatura audiotrópica nos permite contemplar las formas en que ideas y productos culturales fluyen constantemente por las fronteras sin importar las arbitrarias restricciones geopolíticas.


[1] Véase también Santiago Vaquera Vásquez, “Postcards from the Border: In Tijuana, Revolución Is an Avenue,” en donde el autor, siguiendo a Kun, contempla los mapas geográficos construidos por el NorTec Collective.

[2] Berumen, 13.

[3] Lamb, 27.

[4] Trujillo Muñoz, 60-61.

[5] Zavala y Mahieux, 10.

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